miércoles, 21 de diciembre de 2011

Arsenal en manos inexpertas






Los vecinos del país más secretista del planeta no se ponen de acuerdo sobre el número de armas nucleares que el régimen norcoreano ha fabricado –entre seis y doce bombas atómicas- ni sobre la capacidad de sus misiles para hacerlas explotar contra una gran ciudad. Pero el nerviosismo cunde solo al imaginar que el botón nuclear pueda estar al alcance de un inexperto como Kim Jong-un, el hijo menor del fallecido Kim Jong-il al que tanto el régimen como China ya han ratificado como heredero.
La decisión del régimen de alterar su fecha de nacimiento -de enero de 1983 a enero de 1982- para envejecerlo un año, cuando lo presentó en sociedad en 2010, no ha hecho más que empeorar su imagen. Oficialmente, Kim Jong-un cumplirá 30 años en enero, cuando comienza el año en que, según la propaganda del Partido del Trabajo, Corea del Norte “se convertirá en una nación fuerte y próspera”.
El periódico surcoreano Joongang informó, antes de que se anunciara la muerte de Kim Jong-il, que Pyongyang comunicó a Washington que estaba dispuesto a considerar la suspensión de su programa de enriquecimiento de uranio. Esta medida facilitaría la tercera ronda de negociaciones entre EE.UU, y Corea del Norte que debía de celebrarse mañana en Pekín, pero ahora queda en suspenso debido al duelo nacional.
Los expertos surcoreanos habían percibido la ansiedad del régimen por garantizarse la ayuda alimentaria masiva de EE.UU. desde inicios de 2012. De ahí, esa disposición, ahora trunca, de aceptar la exigencia de paralizar el moderno programa de enriquecimiento de uranio. El régimen admitió que tiene funcionando 2,000 centrifugadoras después de invitar al científico estadounidense Siegfried Hecker a visitar las instalaciones, a finales de 2009.
Hecker encendió todas las alarmas. A su regreso pidió cita en la Casa Blanca para contar que se había quedado “atónito” por lo avanzada que era la nueva central nuclear norcoreana. La consecución de uranio enriquecido permite fabricar bombas mucho más potentes que las que Corea del Norte había fabricado hasta entonces, procedentes de obtener plutonio del combustible utilizado en una central nuclear, incluidas las de uso civil
En un diálogo entre el delegado de Estados Unidos Robert King y un portavoz del Ministerio de Exteriores norcoreano en Pekín, recientemente se dejó entrever un cambio en la actitud de Pyongyang. Su meta era recibir 20,000 toneladas mensuales de galletas y cereales enriquecidos con vitaminas por un año para complementar la escasa dieta de sus 24 millones de habitantes. Pensaron que si EE.UU. se comprometía, otros países también. Así negociarían la regulación nuclear y podrían adelantar su promesa de convertir al país en “nación fuerte y próspera”.
A cambio –aunque nadie lo ha confirmado, ni habla abiertamente de ello- Corea del Norte aceptaría la suspensión del programa de enriquecimiento y un posterior retorno a la mesa de negociación a seis bandas –EE UU, China, Rusia, Japón y las dos Coreas-.Esas negociaciones a seis bandas son consideradas por todas las partes como fundamentales y ya dieron fruto: en la primavera de 2008, los norcoreanos derribaron la torre de refrigeración de la central nuclear del Yongbion.
Fue el último compromiso cumplido del acuerdo para el desmantelamiento de su programa nuclear, alcanzado en esas negociaciones multilaterales, que saltaron por los aires con el grave infarto de miocardio sufrido por Kim Jong-il ese verano.El régimen trató de ocultar la debilidad de su líder y la de todo el sistema con la ruptura del acuerdo, el fin de las negociaciones y la exigencia a los inspectores del Organismo Internacional de la Energía Atómica de que retiraran los precintos y las cámaras de vigilancia de la central de Yongbion.
Ahora, la súbita muerte del llamado Querido Líder -cuando en los últimos meses había experimentado una notable mejoría, que le permitió viajar a Rusia y China para familiarizar al heredero Kim Jong-un con los grandes aliados del régimen- puede provocar una vuelta al oscurantismo más severo y el fin de toda pretensión de apertura para que no sea interpretada como debilidad. O lo que es peor, desatar una desestabilizadora lucha de poderes.
No es de extrañar el nerviosismo de los vecinos. La inesperada muerte de Kim Il-sung en 1994, en pleno proceso de acercamiento a Corea del Sur, destrozó las esperanzas de reunificación de decenas de miles de familias separadas desde el final de la guerra (1959-1953); dejó que la incipiente hambruna se cebara en la población causando cientos de miles de muertos y utilizó la carta nuclear –la primera explosión subterránea fue en 2006 y la segunda en 2009- para aterrorizar al mundo.
Kim Jong-il se estuvo preparando para la sucesión en el trono comunista durante dos décadas y llegado el momento no supo superar su propia paranoia y hundió aún más a su país en la miseria y el aislamiento.
Kim Jong-un, ni tan siquiera ha tenido tiempo de prepararse. La evidencia de que su padre no se restablecería totalmente tras el infarto de 2008, exigió la búsqueda de un heredero, adoptado finalmente –Jong-un es el tercer hijo de Kim Jong-il- a principios del año pasado.
Los expertos confían en que al régimen le quede algo de cordura para seguir manteniendo el botón nuclear en poder del alto mando militar. Al menos, los que han llegado a generales subiendo el escalafón –Kim Jong-un no ha hecho ni tan siquiera el servicio militar obligatorio, pero fue nombrado en septiembre de 2010 teniente general- tienen una mayor experiencia del horror de la guerra y se lo pensarán dos veces antes de desatar una nuclear.

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